Lunes, 08 Abril 2013 00:00

ARTAJONA Destacado

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En su obra Moroak gara behelaino artean?, edición en Castellano, ¿Somos como moros en la niebla? Edit. Pamiela, Pamplona/Iruña 2012, Premio Euskadi de ensayo 2011, Joseba Sarrionandia dice al referirse a la intervención religiosa en la guerra civil: “Los de Artajona sacaron los banderines requetés con bordados de la Virgen de Jerusalén” (pág. 389).

A pesar de las 1303 notas que aparecen al final del texto, en el caso de Artajona no figura ninguna ya que en general no existe documentación sobre esta localidad.

De ahí que pidiera El Cerco de Artajona, de Félix Segura Urra, editado por la Fundación para la Conservación del Patrimonio Histórico de Navarra, 2009, con el que contrastar siquiera levemente la tradición oral. El cerco se refiere, lógicamente al famoso recinto amurallado, el mejor conservado de Navarra. Tras la Edad de Hierro o la influencia romana en la que no recoge el milliarius o piedra que marcaba los mil pasos, 1478,5 metros, en las calzadas romanas, encontrado en la tapia de una finca rústica del término municipal, se lee:

El resurgimiento del poblado de Artajona estuvo condicionado al florecimiento del principado cristiano de Pamplona, cuyos dirigentes pronto trataron de zafarse de la soberanía del emirato de Córdoba anunciando la configuración de un nuevo reino. Los primeros embates de los caudillos cristianos contra el poder musulmán situaron al cerro de Artajona en la incómoda situación de avanzadilla y retaguardia, casi de manera continua, como ocurrió con otras estratégicas posiciones del entorno. Los cristianos se lanzaban una y otra vez a reconquistar las riberas bajas de los ríos Arga y Aragón, pero sus campañas eran rápidamente contestadas y anuladas desde Córdoba. En medio de esa tierra difícil y militarizada, el poblado de Artajona cambió de signo con cada campaña a lo largo del siglo IX.

En 1084, el prelado pamplonés Pedro de Radez, con el beneplácito del Rey de Navarra y Aragón Sancho Ramírez, entregó la iglesia principal al Cabildo de Saint Sernin de Tolouse. En 1126 terminado el pleito con el monasterio de San Juan de la Peña, se consagró el templo a San Saturnino. De ahí arranca la devoción a ese santo, martirizado por negarse a sacrificar un toro en honor a los dioses. ¡lo que se pierden los antitaurinos! Deberían acudir a la parroquia de San Saturnino patrón de Pamplona y proclamarle también su patrón. La polémica estaría servida.

Frente a la creencia actual de los lugareños sobre el Reino de Artajona, independiente durante seis años, puede leerse un inciso:

¿Existió un “reino de Artajona?

La villa de Artajona y otras plazas navarras entregadas como dote por el rey García Ramírez a su esposa Urraca de Castilla permanecieron bajo soberanía castellana desde 1153 hasta su devolución en 1158. La imprecisa y grandilocuente denominación de “reino castellano de Artajona” ha sido mal utilizada para identificar lo que no fue sino el control momentáneo de ciertas plazas por Castilla en un momento de debilidad del reino navarro.

Otro cambio importante tuvo lugar siglos más tarde:

En 1512, las tropas castellanas apoyadas por la facción beaumontesa invadieron y conquistaron el reino de Navarra. Fernando el Católico recompensó al nuevo conde de Lerín con la inmediata devolución de sus señoríos, incluida la villa de Artajona. Los acontecimientos se sucedieron de forma trágica y precipitada y nadie supo reaccionar a tiempo. Pero la jugada del conde, por causas del destino, colocó a la villa en el bando de los ganadores. Los primeros años de la unión con la Corona de Castilla fueron difíciles. Los conatos de rebelión se extendían por todo el reino, se sucedían incursiones dirigidas por los reyes propietarios desde su exilio francés, y la autoridad castellana peligraba por momentos. En ese contexto se produjeron las conocidas órdenes de derribo de las defensas del reino promulgadas sucesivamente por Fernando el Católico y el cardenal Cisneros. Muchas villas, las más peligrosas vinculadas a los agramonteses, vieron caer sus centenarios muros y torres almenadas. Pero en la Artajona del conde de Lerín, afecto a los monarcas castellanos, no había peligro de rebelión. Su recinto amurallado, al mando de un beaumontés, no suponía ninguna amenaza y el Cerco se salvó de la destrucción.

En Navarra es habitual encontrarse con topónimos acabados en sílaba aguda, como Lerín o Codés. Radio Euskadi se empeña en convertirlos en graves, como hace con los topónimos alaveses esdrújulos, no sé si por estupidez o como un mero episodio castellano de conquista de Navarra. Para quienes hemos oído alguna vez la imprecación ¡mecagüen el paredón de Lerín! No sería lo mismo escuchar “mecagüen el parédon de Lérin”.

Con el tiempo, la unión de Navarra a la Corona castellana rebajó la tensión social del reino y calmó la inestabilidad política hasta apaciguarse. Por su parte, Artajona entró en una dinámica delicada, sometida a la autoridad del poderoso conde de Lerín, condestable de Navarra, con la esperanza siempre puesta en una anhelada reintegración en el patrimonio de la Corona. Desde el primer momento las exigencias señoriales provocaron continuas molestias entre la población, hasta que en 1551 la villa decidió iniciar un pleito interminable contra su señor.

En 1956, el Consejo Real pronunció sentencia en contra del conde en los siguientes términos: debemos declarar y declaramos haver pertenezido y pertenezer a nuestra Corona y patrimonio real la dicha villa con su jurisdicción criminal y civil, sin parte ni concurso del dicho condestable, con el çerco, fortaleza, penas, rentas, provechos, señorio, propiedad y posesión de ella. Las protestas del conde de Lerín ante semejante agravio finalizaron en 1621, cuando el Consejo Real confirmó en sentencia definitiva la incorporación de Artajona a la Corona y Patrimonio real. Los artajoneses se libraban por fin del yugo señorial al que habían estado sometidos desde hacía más de un siglo.

Viendo esas fechas, el pleito de Pedro Arconada contra el Ayuntamiento de Lapuebla de Labarca, el Alcalde y el padre del Alcalde, de apenas 27 ó 28 años, se queda en nada.

Volvamos a la guerra civil. Tal como el mismo Sarrionandia relata más adelante, los navarros se dirigieron por Endarlaza hacia Donostia. Pero no todos eran carlistas ya que uno se había afiliado a la Falange en una cena. Su hijo, hábil gaitero se pasó muchas ediciones al comienzo de la Aste Nagusia tocando la gaita durante los nueve días. Para él no era nada raro ya que las fiestas de la virgen de Jerusalem (ellos lo escriben con m), 7 de Setiembre, dura también 9 días. Hoy en día, con tres hijos, su participación es más tranquila.

En cuanto a Jerusalem, fruto indudable de la participación en las Cruzadas, todas las mujeres de la villa llevan ese nombre, como primero, segundo o tercero. Cuando era estudiante, oía a los navarros cantar, además de “los estudiantes navarros chis-pum” aquello de Adelante hijos de Artajona, cantad a la Virgen de Jerusalem, en el pecho una medalla y en el corazón la fe, la fe, la fe, mientras se daban golpes en el pecho. A veces cambiaban la letra y decían: “en el cinto una pistola…”

Visto 3204 veces Modificado por última vez en Martes, 09 Abril 2013 22:09
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