Lunes, 11 Marzo 2013 00:00

2 DE MAYO

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

 

Recibo el libro El Cerco de Artajona, de Félix Segura Urra, editado por la Fundación para la Conservación del Patrimonio Histórico de Navarra, 2009, que había pedido telefónicamente. En el remite del sobre aparece a mano Archivo de Navarra, C/Dos de Mayo s/n.-31001 Pamplona.

 

Esta asociación de ideas, Navarra y dos de Mayo, me lleva a la obra póstuma de Jose Mª Iribarren, llamada Revoltijo. Aun cuando Iribarren falleció el 11 de Junio de 1971, esta colección de artículos inéditos fue publicada en Pamplona en 1980 por Ediciones y Libros S.A. El segundo de esos artículos se denomina “el 2 de mayo en la canción de un bersolari vasco-francés”. Pese a su extensión, dado su interés, lo transcribo y que cada cual lo acorte como quiera, incluso con la técnica que a veces usa Peibol de leer en diagonal:

 

Entre los miles de soldados napoleónicos –franceses, suizos, polacos, alemanes y egipcios- que el 2 de mayo de 1808 pelearon, al mando de Murat, contra el heroico pueblo de Madrid, figuraba un regimiento de vasco-franceses reclutados en Laburdi y en la Baja Navarra. Estos soldados, que se tocaban con boinas rojas, tienen que ser los que el pueblo madrileño llamaba baigorrianos (Baigorri es uno de los valles de la Baja Navarra).

 

En la voluminosa obra que sobre el 2 de mayo escribió don Juan Pérez Guzmán, se les cita en dos ocasiones Molina Soriano, uno de los principales agitadores del pueblo en aquella jornada, le escribía a Fernando VII en 1816: “Me fui por la subida de los Angeles para entrar en la Plaza de Santo Domingo, y me topé con los baigorrianos, por entre quienes pasé como a las tres menos cuarto de la tarde. Nada me dijeron”. Y Juan Suárez, que se había batido en el parque de Monteleón y que logró escapar, por pies, del fusilamiento, declara que los “Baigorrianos le prendieron cuando terminada la pelea corría a esconderse”.

 

Pues bien, entre estos infantes, a quienes el pueblo madrileño llamaba baigorrianos, había un bersolari laburdino que compuso un cantar en vascuence, donde cuenta lo que él y sus compañeros presenciaron en aquel día histórico. La canción se cantó en el país vasco-francés durante muchos años, y a mitades del siglo pasado fue recogida cerca de Bayona, en Mouguerre. Figura hoy en la colección manuscrita “Chansons populaires de France” que se conserva en la Biblioteca Nacional de París, y ha sido publicada y traducida por Jesús María Leizaola en su libro “1808-1814 en la poesía popular vasca” (Buenos Aires, 1965).

 

 La canción sobre el 2 de mayo consta de doce estrofas. En la primera de ellas el bersolari cuenta que en el año 1808, siendo él muy joven e inocente, entró a servir en la guardia del Príncipe (de Murat).

 

 En la segunda dice que los madrileños, sabedores de que aquellos soldados de boina roja eran de la Navarra francesa, les incitaban a desertar: Cuando llegamos a la villa de Madrid, había muchos que nos hacían señas con los ojos; nos decían que éramos navarros y que cuando fuera necesario deberíamos ponernos de su parte.

 

La canción sigue diciendo: El dos de mayo hemos tenido una revuelta en Madrid; nos querían expulsar de la Villa. Pero se equivocaron de medio a medio.

 

Salimos del cuartel novecientos, y nos distribuyeron en dos plazas (una de ellas debió de ser la de Santo Domingo): dispusimos las armas contra los españoles; despachamos a cuantos se nos pusieron a la vista.

 

Seguidamente, la canción laburdina nos ofrece un detalle curioso: el de que los soldados vasco-franceses se tocaban con boinas coloradas (txapela gorriak). Y digo que el detalle es curioso por ser ésta, a mi juicio, la primera ocasión en que aparece la boina vasca como tocado militar. Tres años más tarde usaron boina los alaveses de la División de Espoz y Mina. Y bastante tiempo después, en la primera guerra civil, los soldados carlistas. Por cierto, los infantes de Zumalacárregui se tocaban con boinas azules. Hennigsen dice que las primeras boinas rojas las usaron los oficiales, luego se dotó de ellas al batallón de guías y finalmente a la caballería, “llevando el resto del Ejército boinas azules como antes”.

 

Pero sigamos; dice la estrofa quinta: Cuando salimos a la plaza los de la boina colorada comenzaron a burlarse de nosotros; nos tomaban sin duda por toros a quienes habían de torear con sus pañuelos.

 

Agitaban los pañuelos, citando y pegando por detrás nos gritaban: ¡tira, tira! Les disparamos unos doce tiros; los que quedaron hábiles marcharon sin decir adiós.

 

Cuando vieron nuestra voluntad (de hacerles frente a tiros) salieron de dos en dos con una cruz cada uno; los otros por su parte pedrada de debajo de la capa. Era pena dejar con vida al de tal condición.

 

No acierto a comprender bien esta escena. Nuestro bardo parece indicar que mientras algunos madrileños salían de las casas en parejas y en son de paz (resulta muy extraño lo de las cruces), otros, desde otras partes, les disparaban piedras a escondidas y a sobaquillo.

 

Las estrofas finales se refieren a la actuación de las mujeres en aquella memorable ocasión. La mayoría de los historiadores y testigos del 2 de mayo resaltan el heroico furor de las madrileñas, que no sólo excitaban a los hombres o les proveían de munición (como la hija de Malasaña, que en la calle de San Bernardo, cayó muerta a los pies de su padre), sino que tomaban parte activa en la lucha, en la calle y desde sus casas.

 

Pérez de Guzmán habla de las que pelearon junto a los hombres en el parque de Monteleón, de las que acometieron a la caballería imperial en la Puerta del Sol y de las manolas de los barrios de la Paloma, plazuela de la Cebada y el Rastro, que defendiendo la Puerta de Toledo contra los coraceros de Caulaincourt llegados de Carabanchel, se metían entre los caballos, a los que abrían el vientre con sus navajas.

 

Mesonero Romanos, aludiendo a la lucha de los manolos contra los mamelucos egipcios en la Puerta del Sol, dice que “se vio a las mujeres meterse por bajo de los caballos para hundir en sus vientres las navajas, mientras los hombres se encaramaban a la grupa de los mismos para hacer a los jinetes el propio agasajo”.

 

Rodríguez Solís habla de las mujeres que arrojaban por las ventanas agua hirviendo contra los invasores. Y el aragonés Mor de Fuents vio cómo “las señoras, además de tener preparadas sus macetas o flores, iban acercando sus muebles a los balcones para tirarlo todo a la cabeza de los franceses”.

 

El ya citado Pérez de Guzmán escribe: “Balcones, ventanas, guardillas y tejados vomitaron piedras, pedernales, ladrillos y tejas arrancadas con las manos, calderas de agua hirviendo, mesas, bancos, barreños, muebles destrozados y todo cuanto podía descalabrar, herir, magullar o producir la muerte”. Y habla de una mujer del barrio de Barquillo que, con un tiesto de flores disparado desde un balcón, derribó del caballo y dio muerte al general Legrand, que había sido paje del Emperador.

 

Pues bien,  a estas mujeres que pelearon desde sus casas (muchas de ellas fueron muertas en los balcones por tiros de fusil) alude el bersolari laburdino en los versos siguientes:

 

Las mujeres llevaban conversación, expresando cuánto deseaban ser hombres. Decían: ¿Qué valen esos franceses de nada? Con otra tendría bastante para poder con doce de ellos.

 

Finalmente comenzaron a tiros desde sus casas, empuñando pistolas desde los balcones. Pronto pudieron comprender, con buenas palabras, si “los franceses de nada” eran fuertes.

 

El bersolari comenta la actitud de las madrileñas y alude a los cacharreros de Madrid y a los tejeros de Francia con un tono cargado de ironía:

 

“Aquellas mujeres han hecho bonita ganancia; lanzar sus pucheros y jarros a las calles; no es desgracia tal cosa para los fabricantes de loza; en el precio de dos antes compran ahora uno.

 

Envío mis recuerdos a los tejeros de Francia, espabilad si queréis beneficios; en Madrid ahora puede ganarse rápidamente y con seguridad, pues también las tejas de las casas nos las han arrojado”

 

El cantar termina diciendo: Quien ha hecho esto es un joven muchacho laburdino e hijo de montaña. Diole por hacer versos cuando se presentó oportunidad.

 

El 2 de mayo fue una jornada cruenta. Los periódicos franceses cifraron la pérdida de los españoles en 12.000 hombres, “los más malvados del país”, y la de los suyos en 25 muertos y 50 heridos. La verdad sin embargo, fue muy otra. Según Tamarit, las tropas imperiales tuvieron aquel día 1.684 muertos, cerca de 500 heridos y 250 extraviados. Por lo que hace a las pérdidas de los madrileños, Pérez de Guzmán las calcula en 400 a 500 muertos (De ellos 320 fusilados en el paseo del Prado) y 172 heridos.

 

La Junta Suprema del Gobierno de España, tratando de quitar importancia al sangriento episodio, redujo éste a una algarada del populacho: “Un incidente provocado por un corto número de personas inobedientes a las leyes ha causado ayer un alboroto en esta Corte, cuyas resultas podían haber sido funestísimas si las autoridades y la Suprema Junta de Gobierno no hubiesen logrado contenerlas, dejando restablecida la tranquilidad antes de que anocheciese”.

 

Aquella noche trágica, desvelada y violenta por las descargas de los fusilamientos, tuvo un testigo y un acusador. Se llamaba Francisco de Goya. Había presenciado las luchas de manolos y mamelucos en la Puerta del Sol y marchó en compañía de su criado a la montaña del Príncipe Pío para tomar apuntes, a la luz de la luna, de los fusilados por orden de Murat. Cuando al día siguiente le enseñó a su criado la primera de sus estampas de la guerra, el criado se horrorizó.

 

-         ¿Para qué pinta usted estas cosas?

 

Goya le dijo:

 

-         Para tener el gusto de decir eternamente a los hombres que no sean tan bárbaros.

 

Visto 2716 veces Modificado por última vez en Lunes, 25 Marzo 2013 23:39
Más en esta categoría: « PAPAS DISTINGUIDO CERDO »
Inicia sesión para enviar comentarios