Lunes, 18 Marzo 2013 00:00

PAPAS

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He recibido críticas de diversos sectores por no escribir del papa emérito, o del electo, alabándoles, a fin de que Gorka Pedruelo pueda ponerles verdes o de todos los colores. Está muy extendida la costumbre de que los ajenos den consejos a los interesados. De ahí la expresión del mus “los de fuera dar tabaco”. Por ello, me limitaré a explicar de dónde vienen papa y Pontífice, no a dónde van.

 

En su interesante trabajo Parentescos insólitos del lenguaje, Ediciones del Prado, Madrid 2002 Fernando A. Navarro dedica un artículo a la relación entre pontífice y Pontevedra:

 

Por ejemplo, no estaría de más explicar que el propio nombre de Cambridge significa literalmente "puente sobre el río Cam". A finales del siglo XI, el obispo de Astorga, Osmundo, puso armaduras de hierro al antiguo puente romano en el camino de Astorga a Braga, para protegerlo de las crecidas del río, y la población surgida junto al reparado puente -pons ferrata- se llamó Ponferrada. En Galicia, resulta fácil deducir la etimología de la localidad coruñesa de Puentedeume (en gallego, Ponte do Ume), a orillas del Ume, pero no tanto la de una de sus cuatro capitales de provincia: Pontevedra. Esta ciudad, que los romanos llamaron Duo Pontes por disponer de dos puentes, recibió su nombre actual por abreviación del latín Pons Vetera (literalmente, "el viejo puente") y evolución del pons latino al ponte gallego. En Andalucía, cierta población situada a caballo sobre los meandros del río Genil estuvo antiguamente dividida en dos núcleos independientes separados por el río y unidos por un puente del siglo XIII: a la izquierda, el barrio de Miragenil (dependiente de Sevilla); a la derecha, el de La Puente de Don Gonzalo (dependiente de Córdoba). Fusionadas las dos por decreto en 1821, recibieron en conjunto el nombre de Puente Genil.

 

En fin, dejemos a un lado los puentes para centrarnos en su parentesco con el sumo pontífice. No parece difícil relacionar el latín pontifex, pontificis con pontis (puente) y facere (hacer), pero ¿qué tiene que ver el papa de Roma con los constructores de puentes?

 

Según cuenta Tito Livio,  el rey asumió tradicionalmente en Roma la mayoría de las funciones sacerdotales, hasta que, allá por el siglo VII antes de Cristo, el legendario rey romano Numa Pompilio, previendo que sus sucesores tendrían que sostener frecuentes guerras y no podrían atender al cuidado de los sacrificios, instituyó unos sacerdotes o flamina para reemplazar en esta función a los reyes cuando éstos se encontrasen ausentes de Roma. El cargo, parece, recayó en los pontifices que habían construido el puente Sublicio sobre el Tíber, función ésta, como la de destruirlo en caso de necesidad, tan sagrada como políticamente importante. En la antigua Roma, pues, el pontifex era un magistrado sacerdotal que presidía los ritos y las ceremonias religiosas. Inicialmente en número de tres pontífices mayores (uno por cada tribu), a ellos se sumó un cuarto cuando la ciudad del Palatino se unió con la del Quirinal. En tiempos de César eran ya dieciséis, agrupados en un colegio muy poderoso, pues elaboraban el derecho religioso, y también el calendario. Tras la caída de la monarquía romana, el rey, que presidía el colegio de pontífices, fue sustituido por un pontifex maximus que designaba los flamines, las vestales y los sacerdotes de los diferentes cultos, controlaba las actividades religiosas y ejercía personalmente el culto de Júpiter Capitolino.

 

Cuando, en el siglo IV, el dálmata san Jerónimo emprendió la ingente tarea de traducir la Sagradas Escrituras al latín, hubo de buscar y hallar para su Vulgata equivalentes latinos apropiados para verter innumerables palabras hebreas y griegas de difícil traducción. Así, echó mano del latín pontifex para referirse al sumo sacerdote de Israel en el Antiguo Testamento, y también para traducir el hiereus griego que san Pablo usa como calificativo para Jesucristo en su Epístola a los Hebreos. No usaron este título ni los apóstoles ni sus primeros sucesores, pero hacia el siglo VI los papas añadieron a sus numerosos títulos el de pontifex maximus. Desde entonces, se llama sumo pontífice o romano pontífice al jefe supremo de la Iglesia católica -y pontífices sin más a los obispos-. De ahí que se diera el nombre de Estados Pontificios a la parte de Italia que, entre los años 756 y 1870, constituyó el imperio terrenal de los papas; o misa pontifical a la oficiada por un obispo. Idéntico origen tiene nuestro verbo pontificar, que se aplica a quienes hablan como si expusieran un dogma divino que no admite contradicción.

 

De la misma editorial y fecha es la obra de Gregorio Doval, Palabras con Historia. En pontífice añade que el significado de dicha palabra en la antigua Roma se fue ampliando hasta llegar a equivaler a, y lo escribe entrecomillado, “cualquier experto en magia y buen conocedor de las potencias sobrenaturales”.

 

En este mismo libro se lee en la voz papa:

 

Del latín tardío papa, del griego tardío páppa, “Oh, padre”, vocativo de pápas, páppas, tratamiento de respeto que se daba a los sacerdotes, pero propiamente. “papá”. En la Iglesia antigua, era el tratamiento y título que de daba a todos los obispos. Posteriormente se usó también para dirigirse o designar al abad de un monasterio. Desde comienzos del siglo VI se fue reservando progresivamente para el obispo de Roma, como jefe supremo de la Iglesia. En ese mismo siglo, el papa pasó de ser elegido por el clero y el pueblo de la ciudad de Roma, a serlo por mediación del emperador, que escogía a personas de su confianza. A ello puso fin el papa Nicolás II, al decretar en un sínodo celebrado en Roma en 1059 que la elección la realizasen únicamente los cardenales. El sistema fue definitivamente fijado por Alejandro III, al decidir en el III Concilio de Letrán (1179) que la designación la hiciese todo el cardenalato, bajo condición, para ser elegido, de obtener como mínimo dos tercios de los votos emitidos. Hasta el momento ha habido 263 pontífices, más de 80 de los cuales han sido santificados. La sede papal, afincada en Roma, residió eventualmente en la ciudad francesa de Aviñón desde 1309 a 1376. El poder temporal del papa, como soberano territorial independiente, comenzó en 754, año de las donaciones a la Iglesia del rey franco Pipino de ciudades italianas conquistadas a los lombardos, y duró hasta 1870, cuando se cerró la unidad italiana con Víctor Manuel II. En 1929, Pío XI y el gobierno italiano firmaron el Tratado de Letrán, por el que se creó el pequeño estado pontificio de la Ciudad del Vaticano. El pontificado más corto de la historia lo protagonizó Esteban II, que en 752 fue papa durante dos días, muriendo antes de ser consagrado. El más largo fue el de León XIII (1810-1903) que fue papa dese 1810 a 1903, es decir, 93 años y 140 días. El último casado fue Adriano II, elegido en 867, cuando aún no se había impuesto el celibato sacerdotal; y el último que tuvo hijos fue Gregorio XIII (1502-1585). Adriano III (884-5), de nombre seglar Agapito, fue el primero que cambió de nombre. Celestino V (1215-1296), que había decidido regresar a su vida de anacoreta, protagonizó el 13 de diciembre de 1294 la primera dimisión voluntaria de un pontífice, al creerse incapaz de regir los destinos de la Iglesia. El más joven de la historia ha sido Juan XII (937-964), elegido en 955, a los 18 años de edad. España ha aportado dos: Calixto III (1455-58) y Alejandro VI (1492-1503).

 

El número de papas que cita el autor se ha quedado obsoleto como otras cuestiones. En temas religiosos hay que actualizarse, aunque algunos no quieran. ¡Vaya, ya estoy dando consejos desde fuera!

 

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